La lucha por la vida II: 027

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Mira: es mejor que te metas en ese otro cuarto -dijo la baronesa a Manuel, señalándole una alcoba-; le diré que estás estudiando. Manuel, a quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy cómodo y se puso a mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en los cuales podía quedar enredada al menor descuido.

Cuando la criada de la casa de huéspedes fue a anunciar la visita de don Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. Il vecchio pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle; luego, con un ademán de languidez y de contrariedad, le indicó que podía sentarse.

Il vecchio Cromwell se sentó. Manuel pudo observarle con calma. Estaba pálido y tenía un color calcáreo.

«Vaya un papá feo que me he echado», se dijo Manuel.

La baronesa y don Sergio comenzaron a hablar en voz baja. No se oía lo que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.

Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo titulo era “La ninfa y el sátiro”. Manuel creyó que el viejo se iba a arrodillar, y le dieron ganas de gritarle: «¡Fuera, Cromwell».

Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fue animando, y comenzó a accionar con violencia.

-Ese abandono del muchacho es incalificable -decía.

-¡Incalificable!

-Sí, señora.

-Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?

-Tengo derechos, sí, señora.

La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un gallardo ademán y tirando el libro al suelo, acusó al iracundo Cromwell de todo lo malo que podía ocurrir al niño. Él tenía la culpa de todo por ser un avaro y un miserable.

Replicó a esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo que para las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.

-Si usted ha venido aquí -interrumpió la baronesa- a insultar a una mujer porque está sola, no lo consentiré.

Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, el ofrecerse...

-No necesito de usted para nada -contestó la baronesa arrogantemente-. No le he llamado a usted.

El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá más que a ofrecerle todo lo que necesitara y a pedir que le dejara costear los gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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