La lucha por la vida II: 028

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño creta que sus padres hablan muerto.

-No, no tenga usted cuidado, Paquita -exclamó il vecchio.

Llamó la baronesa al timbre, y preguntó a la criada con indolencia:

-¿Está en casa Sergio?

-Sí, señora.

-Dígale usted que venga.

Entró Manuel confuso.

-Este señor quiere verte -dijo la dama.

-Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado -murmuró il vecchio.

Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dio unos golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para salir.

-Es muy huraño -dijo la baronesa.

-Yo era igual a su edad -repuso don Sergio.

La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió a la alcoba y siguió observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta de recursos; Cromwell se defendía como un león. Al terminar la conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el velador.

La baronesa le acompañó hasta la puerta.

-¿De modo, Paquita, que está usted contenta? -la dijo antes de marcharse.

-¡Contentísima!

-¿No siente usted que haya venido a verla?

-¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted el único amigo de mi pobre padre!

-Sí, es verdad, Paquita; es verdad -murmuró il vecchio, acariciando entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.

Y bajó las escaleras, deteniéndose a cada instante para saludar a la dama.

Jesús, qué lata de viejo -murmuró ella, dando un portazo-. ¡Manuel, Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? Il vecchio Cromwell, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos mudamos de casa.

Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron a la calle a buscar un cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer piso en la plaza de Oriente, que a la baronesa le encantó. Costaba veinticinco duros al mes.

-A niña Chucha le va a parecer caro; pero yo lo alquilo -dijo la baronesa.

Y llamó en el primer piso, donde vivía el administrador, y habló con él, y pagó la casa por adelantado.

El mismo día se hizo la mudanza, y Manuel trajinó con entusiasmo, llevando trastos de un lado a otro y colocándolos en la nueva casa en el sitio que designaba niña Chucha.

Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenla algunos muebles guardados en casa de una amiga cubana, unos días después fue a verla para pedírselos. No apareció en todo el día, ni aun a cenar, y volvió a la noche, muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar a casa, venía con los ojos más brillantes que de ordinario.

-La coronela no me ha querido dejar venir -murmuró-; he cenado en su casa, y luego he ido con sus chicas a Apolo y me han acompañado hasta aquí mismo.

No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, y se asombró bastante al oír contestar a los reproches de niña Chucha, balbuceando y riéndose a carcajadas de una manera insustancial. Hubiese jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un traspiés; pero con el sueño no se enteró bien, y se abstuvo de comentarios.


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