La lucha por la vida II: 029

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en la calle, cuando llamaron a la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.

-¡Hola, estudiante! -dijo-. ¿Y doña Paquita?

-En su cuarto -contestó Manuel.

Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos, y repitió varias veces:

-¿Se puede?

-Pase usted, don Sergio -dijo la baronesa-, y abra usted las ventanas.

Entró el viejo en el cuarto, tropezando con los bultos desparramados por el suelo, y abrió el balcón.

-Pero, Paquita, ¿todavía en la cama? -preguntó en el colmo de la estupefacción-. Eso no es sano.

-¡Oh! Si viera usted cómo he trabajado -replicó la baronesa, desperezándose-. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de cabeza que me he tenido que acostar otra vez.

-¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.

-Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan.

Chucha no hace más que leer novelas; a Sergio no le voy a poner a andar como un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.

-Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.

La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos arrumacos a Cromwell y después, en tono indiferente, le pidió cincuenta pesetas.

-Pero...

-Si ya sé que me va usted a reñir. No crea que he gastado todo el dinero, ni mucho menos. Es que, la verdad, un billete de quinientas pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...

-Vaya, ahí va.

Y don Sergio, con una sonrisa que quería ser amable, sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de noche; luego, le pareció poco galante dar lo que le había pedido, y dejó otro.

La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después, acurrucándose entre las sábanas, con voz soñolienta, murmuró:

-¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!

-Pues cuídate, hija; cuídate y no trabajes tanto.

Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró con la niña Chucha, que volvía de la calle.

-No debes dejar que trabaje tanto tu ama-le dijo secamente-; se pone enferma.

La mulata contempló sonriendo al viejo.

-Bueno, señó -dijo.

-Y el muchacho, ¿qué hace?

-Etá estudiando -contestó la niña Chucha con malicia, y le mostró con los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.

Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y Mateos.



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