La lucha por la vida II: 030

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Kate, la niña blanca - Los amores de Roberto - El pundonor militar - Las cucas - Disquisiciones antropológicas



Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y como en los colegios había vacaciones, la baronesa fue en busca de su hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.

Niña Chucha se encargó de informar a Manuel y de darle detalles de la hija de la baronesa.

-Es una cantimpla, ¿sabe?; una niña blanca y sosa que parece una muñeca.

Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su tipo a su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.

Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.

Al llegar a casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño a la colegiala; Manuel fue reconocido por ella, lo que le produjo gran satisfacción.

La hija de la baronesa se llamaba Catalina; sus parientes de Amberes la llamaban Kate, pero la baronesa generalmente le decía la Nena.

Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.

En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias del colegio que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.

No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión lenta, pero profunda; en cambio, su madre poseía la sutileza y el ingenio del momento. La baronesa, a veces se impacientaba al oírla, y decía entre cariñosa y enfadada:

-¡Ay, qué Nena más sosita tengo!

Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no acompañaban en el comedor a la baronesa; esto a Manuel no le molestaba, pero a la mulata sí, y atribuía estas disposiciones a Kate, a quien consideraba como una muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, aunque con poca vivacidad.

Por aquellos días de fiesta de Navidad, madre e hija salían de casa con mucha frecuencia a compras, y las acompañaba generalmente Manuel, que volvía cargado de paquetes.

El día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al teatro de Apolo a ver Los sobrinos del capitán Grant, notó Manuel que Roberto Hasting iba a alguna distancia detrás de ellos. Al salir los siguió; la muchacha se hizo la desentendida.

Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vio a Roberto que paseaba por la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.

Encontró un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se acercó a él.

-¿Estás en su casa? -le preguntó apresuradamente.

-Sí.

-Tienes que darle una carta.

-Bueno.

-A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al recibirla.

No me contestará, ya sé que no me contestará, pero tú se la darás, ¿verdad?

-Sí, hombre, descuide usted.

Efectivamente, a la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve; bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida a casa.

Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban llenos de recordatorios y de estampitas.


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