La lucha por la vida II: 031

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó a la muchacha como un criminal. La Nena enseñó a Manuel todas sus riquezas; éste se sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía a tocar las medallas, las alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.

-Esta cadena me la regaló mi tío -decía la colegiala-. Esta sortija es de mi abuelo. Este pensamiento lo cogí en Hyde Park, cuando estuve en Londres con mi tío.

Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba pensamientos y hierbas, que luego copiaba y pintaba con una caja de acuarelas.

Manuel hizo dos o tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no se atrevió.

De pronto, después de carraspear mucho, balbució:

-¿Sabe usted?

-¿Qué?

-Roberto..., aquel estudiante rubio de la otra casa..., el que ayer estaba en el teatro..., me ha dado una carta para usted.

-¿Para mí? -y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos brillaron con más vivacidad que de ordinario.

-Sí.

-Pues dámela.

-Tome usted.

Manuel entregó la carta, y Kate la escondió rápidamente en el pecho. Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. A los dos días, Kate le envió a Manuel con una carta para Roberto, y Roberto, en seguida, con otra para Kate.

Un día Kate fue con Manuel a su colegio, en donde había un nacimiento, y a la ida y a la vuelta los acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo. Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una cosa extraña. Para él, no dijo Roberto nada que valiera la pena de oírse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo. Roberto fue para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le escuchó atenta.

Manuel fue confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor y de una inocencia inmaculados; tenía una falta de comprensión para cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante aquella naturaleza aristocrática y elegante; tenía un sentimiento de inferioridad que en nada le molestaba.

La Nena le contó a Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas, Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, Manuel le contó a Kate detalles de la vida pobre madrileña, que a la colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de sus casas e iban a dormir a los rincones de las iglesias; de los que robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...

Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. La Nena le solía escuchar muy intrigada.

-¡Oh, qué miedo! -solía decir; y sólo el pensar que aquella gente miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía estremecer.

Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no quería salir los domingos por no andar entre los hombres de blusa y soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía de ser mala. Desde que se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.

Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba a la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente como un bosque, y el Palacio Real, en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas, que de día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el horizonte, que se enrojecía al caer de la tarde...

Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.


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