La lucha por la vida II: 032

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


La primera salida nocturna que hizo la baronesa fue, acompañada por Manuel, a casa de su amiga cubana. Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la calle Ancha. Llamaron en la casa: les abrió un criadito con librea azul y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy iluminada, adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato eléctrico con siete u ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos sillones dorados al lado de una chimenea, y sobre el mármol de ésta, un reloj en forma de bola, un barómetro con un martillo, un termómetro con un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos lados se veían fotografías. No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano a la baronesa y se sentó en un sofá junto a ella. Se veta que quería halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros, y la boca con una expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico, inquietante y amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía de tener vicios extraños, que era capaz de cometer crímenes.

Manuel, en un rincón, se puso a mirar un álbum de fotografías puesto sobre el velador.

La mujer del coronel, a quién la baronesa había conocido de sargenta en Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un salón, de bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.

-Pero ¿de verdad? -preguntó la baronesa.

-Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos amigos en el comedor. Vendrá en seguida. Mingote ha traído un poeta que ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama Instantáneas. Es un nombre modernista, ¿verdad?

-Ya lo creo.

-Es una muchacha que va a sacar fotografías a la calle y se encuentra con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción o un grupo, y ella le contesta: «¡Ay, no me toque usted el chassis!». Es bonito, ¿verdad?

-Precioso -dijo la baronesa, mirando a Manuel y riéndose.

Las demás mujeres, fregonas distinguidas a juzgar por su aspecto, movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo triste.

-¿Tiene usted mucha gente en la sala? -preguntó la baronesa.

-Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco para que usted la vea.

Dio la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecita agria.

Advierte a ésos -le dijo la coronela- de que estás aquí.

Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba e iba apoyado en el brazo de Mingote; detrás de éstos, un joven flaco, de bigote rubio, con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo a la hija mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía escapada de un cuadro de Rubens.

-Primero, ¿qué va a ser? ¿El monólogo o el baile? -preguntó la coronela.

-El monólogo, el monólogo -dijeron todos.

-Vamos a ver. Silencio.

El poeta, borracho a juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus mejillas, sonrió amablemente.

La chiquilla comenzó a recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una porción de brutalidades en verso capaces de llevar el rubor a las curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas terminaba con el estribillo de «¡Ay, no me toque usted el chasis!».

Al terminar, el coronel dijo que le parecían los versos un poco así..., un poco, vamos, demasiado libres, y miró a todos pidiendo su opinión. Se discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus argumentos, pero la réplica de Mingote fue decisiva.


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La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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