La lucha por la vida II: 033

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-No, coronel -concluyó diciendo el prestamista, exaltado-; es que usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira esto como militar.

La baronesa contempló asombrada a Mingote y no pudo contener la risa.

El coronel explicó confidencialmente a Mingote por qué las ideas militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza y, sobre todo, por el uniforme.

Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó a bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que dilucidar, y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y trascendental: es ese movimiento de caderas que el público llama científicamente bisagra. La coronela preguntaba: «Cómo tiene Lulú que hacer esta parte del tango, o sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ella pide o velándolo un poco?».

A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más emocionante, la bisagra.

El coronel, a pesar de su pundonor militar, opinaba que el público, efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más o menos de zarandeo era cosa de material.

Mingote, entonces, para enseñar a la niña cómo debía hacer aquel movimiento, se levantó y se puso a mover las caderas de un modo grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar a la mujer la gracia de aquel movimiento. La baronesa sonrió discretamente.

En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia, porque la coronela se levantó al momento y se dispuso a salir.

Anda, dale la ruleta -dijo el coronel a su esposa-, y que enciendan las luces de la sala. ¿Qué? -añadió el buen señor-. ¿Quiere usted que hagamos una vaquita, baronesa?

Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.

-Bueno.

Bailó otro tango Lulú, y al poco rato apareció la coronela.

-Ya pueden ustedes pasar -dijo.

Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el comedor entraron en una sala grande, con tres balcones. Había dos mesas allí; una de ellas con una ruleta; la otra, sin nada.

Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos pagadores.

-Hagan juego -dijo el croupier con una impasibilidad de autómata.

Tiró la bola blanca en la ruleta, y antes que se parara, el croupier dijo:

-¡No va más!

Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que se siguiera apuntando.

-No va más -repitieron al mismo tiempo con voz monótona.

Fue entrando gente poco a poco y se ocuparon las sillas colocadas alrededor de la mesa.

Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos. -Pero hijo, ¿tú aquí? -dijo la baronesa.

-¿Y tú? -replicó él.

Era aquel hombre primo en segundo o en tercer grado de la baronesa, y se llamaba Horacio.


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