La lucha por la vida II: 034

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-¿No decías que te acostabas invariablemente a las nueve? -preguntó la baronesa.

-Sí, aunque no siempre. ¿Hacemos una vaca, prima?

-No me parece mal.

Reunieron el dinero y ambos siguieron jugando. Horacio apuntaba según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco a poco se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban algunas señoras con sus hijas.

Manuel vio a la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de sortijas de piedras grandes.

Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven, lampiño, de aire aburrido.

-¿Usted se retiró ya? -decía el joven. -Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no, habría seguido jugando hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí, ésta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me suele decir algunas veces: «Hacemos una vaca, marqués?». «No; le daría a usted mala suerte», le contesto yo.

-¿Quién es la Valiente?

-Ahora la verá usted, cuando empiece el bacará.

Se encendió la luz en la otra mesa.

Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez o doce personas.

-¿Quién talla? -preguntó el viejo.

-Cincuenta duros -murmuró uno.

-Sesenta. Cien.

-Ciento cincuenta duros.

-Doscientos -gritó una voz de mujer.

-Ahí está la Valiente —dijo el marqués.

Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta a cuarenta años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy morena, con una tez olivácea; los ojos, negros, hermosos. Se cegaba en las apuestas y salía a los pasillos a fumar. Se notaba en ella una gran energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la rubia gruesa, a la cual dominaba. Tenla una suerte loca algunas veces, y para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.

-Y ese hombre que no juega y está siempre aquí, ¿quién es? -preguntó el joven, señalando a un tipo de unos sesenta años, basto, de bigote pintado.

-Éste es un usurero, que creo es socio de la coronela. Cuando yo fui gobernador de La Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué chanchullo que había hecho en la aduana. Le dejaron cesante, y luego le dieron un destino en Filipinas.

-¿En recompensa?

-Hombre, todo el mundo tiene que vivir -replicó el marqués-. En Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó libre lo emplearon en Cuba.

-Querían que estudiara el régimen colonial español -advirtió el joven.

-Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó a negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un millón de pesetas.

-¡Demonio!


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