La lucha por la vida II: 035

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los dos salían a pasear los domingos por las afueras como la gente pobre. Se le murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces él mismo va a la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie. Manuel escuchaba con atención.

-Ese sí que es un hombre -dijo el marqués, mirándole atentamente.

El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se volvió y saludó amablemente al viejo.

-Adiós, Maestro -le dijo éste.

-¿Le llama usted Maestro? -preguntó el joven.

-Así le llama todo el mundo.

Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del marqués y del joven.

-¡Qué moninas son! -dijo el marqués.

Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante.

No reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería alborotadora de un burdel: se jugaba y se amaba discretamente. Como decía la coronela, era una reunión muy modernista.

En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se discurría, se estudiaban combinaciones para el juego...

-A mí esto me encanta dijo el marqués con su sonrisa pálida.

La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.

-Me voy. ¿Me acompañas, Horacio? -preguntó a su primo.

-SI; te acompañaré.

Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió a ellos.

-¡Qué gentuza!, ¿verdad? -dijo la baronesa, con la sonrisa ingenua peculiar suya, al encontrarse en la calle.

-Es la amoralidad, como dicen ahora -replicó Horacio-. Los españoles no somos inmorales; lo que pasa es que no tenemos idea de la moralidad.

«Ya ve usted -decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar un poco de aire-, ya ve usted, a mí me han mermado el retiro: de ochenta duros me han dejado en setenta; y, ¡claro!, hay que buscar otros ingresos; así, las hijas de los militares tienen que ser bailarinas..., y todo lo demás.»

-¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!

-¿Pero eso te choca? A mí, no. Si eso es una consecuencia natural y necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última clase.

-¿Por qué?

-Porque sí; no hay más que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que tiene el coronel?

-No. ¿Qué tiene en la cabeza? -preguntó burlonamente la baronesa.

-Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en las razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior a Napoleón, porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.

La idea del deber no entra en los cráneos como el del coronel. Háblale a un mendigo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo explico todo por las leyes antropológicas.

Pasaron por delante del café de Varela.

-¿Quieres que entremos aquí? -dijo el primo.

-Vamos.

Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió el primo de la baronesa hablando.

Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado, aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir, y con eso y un destinillo en un Ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy reglamentado, leyendo a Spencer en inglés y cambiando de género de vida por temporadas.

Hombre original, llevaba ya cuatro o cinco años encenagado en los pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba convencido de que intelectualmente era un anglosajón, a quien no le debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del Mediodía.


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