La lucha por la vida II: 036

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Pues sí -siguió diciendo Horacio, llenando su copa de cerveza-. Yo me lo explico todo, los detalles más nimios, por las leyes biológicas o sociales. Esta mañana, al levantarme, oía a mi patrona que hablaba con el panadero de la subida del pan. «¿Y por qué ha encarecido el pan?», le preguntaba ella. «No sé -replicaba él-; dicen que la cosecha es buena.» «¿Pues entonces?» «No sé.» Me fui a la oficina a la hora en punto, con exactitud inglesa; no había nadie, es la costumbre española, y me pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta buena? Y di con la explicación, que creo te convencerá. Tú sabrás que en el cerebro hay lóbulos.

-Yo qué he de saber eso, hijo mío -replicó la baronesa, distraída, mojando un bizcocho en el chocolate.

-Pues sí, hay lóbulos, y, según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra, ¿comprendes?

-Sí.

-Bueno; figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de individuos que no saben leer y escribir. ¿No me entiendes?

-Sí, hombre, sí.

-Pues bien: ese lóbulo en los hombres ilustrados, se emplea en esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee; aquí no lo utilizan trece millones de habitantes. Esa fuerza, que debían gastar en discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el consumo de alimentos y encarece el pan.

La baronesa no pudo menos de reírse al oír la explicación de su primo.

-No es una fantasía -replicó Horacio-; es la pura verdad.

-Si no lo dudo, pero me hace reír la noticia. Manuel también se ríe.

-¿De dónde has sacado este chico?...

-Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?

-A ver, quítate la gorra.

Manuel se quitó la gorra.

-Éste es un celta -añadió Horacio-. ¡Buena raza! El ángulo facial abierto, la frente grande, poca mandíbula...

-Y eso ¿qué quiere decir? -preguntó Manuel.

-En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?

-¿Yo? Ni un botón.

-Pues entonces, lo que te puedo decir es esto: que como no tienes dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia, aunque la tengas, que creo que sí, probablemente morirás en algún hospital.

-¡Qué bárbaro! -exclamó la baronesa-. No le digas eso al chico.

Manuel se echó a reír; la profecía le parecía muy divertida.

-En cambio, yo -siguió diciendo Horacio- no hay cuidado de que muera en un hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisitividad más brutal. Soy un berebere de raza, un euroafricano; eso sí, afortunadamente estoy influido por las ideas de la filosofía práctica de lord Bacon. Si no fuera por eso, estaría bailando tangos en Cuba o en Puerto Rico.

-¿De manera que gracias a ese lord eres un hombre civilizado?

-Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés.

¿Tengo yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta o sajón? No me hago ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy a hacer! Yo no he nacido en Manchester, sino en el Camagüey, y he sido criado en Málaga. ¡Figúrate!

-Y eso, ¿qué tiene que ver?

-La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más hermosos también, tipos como el de tu hija, con sus ojos tan azules, la tez tan blanca y el cabello tan rubio.

-Y yo..., ¿qué soy? -preguntó la baronesa-. ¿Un poco de eso que decías antes?

-¿Un poco berebere?

-Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?

-En el carácter, quizá, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir o del valle de Cabul; pero no has pasado por África. Puedes estar tranquila.

La baronesa miró a su primo con expresión un tanto enigmática. Poco después, los dos primos y Manuel salieron del café.


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