La lucha por la vida II: 037

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


El berebere se siente profundamente anglosajón - Mingote, mefistofélico - Cogolludo – Despedida


Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel de la baronesa y del sociólogo, éste comenzó a frecuentar la casa y a poner cátedra de antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían aquellas ciencias, pero traducidas al andaluz por el primo de la baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y la niña Chucha escuchaban al berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones, que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con muchísima gracia.

El primo Horacio empezó a quedarse a cenar en la casa y terminó quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizá por afinidades de raza, y se reía, enseñando los dientes blancos, cuando venía don Sergio.

La situación era comprometida, porque la baronesa no se preocupaba de nada; después de servirse de Mingote, le había despedido dos o tres veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba a amenazar, y un día fue decidido a armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de Manuel y de que aquello podía costar a la baronesa ir a presidio. Ella le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote; que ella tendría quien la protegiese, y que, en el caso de que interviniese la justicia, el primero que iría a la cárcel sería él.

Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la disputa llegó el primo Horacio.

-¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle -dijo.

-Este hombre, que me está insultando -clamó la baronesa.

Horacio cogió a Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó a relucir la madre de Horacio; entonces éste, olvidando a lord Bacon, se sintió berebere, levantó el pie y dio con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. El agente gritó más, y dé nuevo el berebere le acarició con el pie en la parte más redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; no creía que se atrevería a hablar de la falsificación de los papeles de Manuel, porque se cogía los dedos con la puerta; pero probablemente advertiría a don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.

Antes que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

-Mira, dile a tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó.

-¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer caso de ese vejestorio infecto. Cuando venga, yo le diré cuántas son cinco.

Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se mudó a una casa más barata con el propósito de economizar, y niña Chucha, Manuel y los tres perros pasaron a ocupar un tercer piso en la calle del Avemaría.

Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio, a pesar de que éste, por su tranquilidad anglosajona, o por la idea pobre de la mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al flirt.

La baronesa, de cuando en cuando, para atender a los gastos de la casa, vendía o mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que reinaba allí, el dinero no duraba un momento. Al mes de estancia en la calle del Avemaría apareció una mañana don Sergio, indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó a decirle por la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una carta a la baronesa.

Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le parecía bien que Horacio pasase la vida en casa de la baronesa; no encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La baronesa enseñó la carta a su primo, y éste, que, sin duda, no buscaba más que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral, y dejó de presentarse en casa de la baronesa.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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