La lucha por la vida II: 038

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió sintiéndose anglosajón, ario y acordándose de lord Bacon.

Mientras tanto, don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, volvió a la carga y se presentó en la casa.

-Pero ¿qué le pasa a usted, Paquita? -dijo, al ver a la baronesa desmejorada.

-Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. En fin, Dios sobre todo.

Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:

-Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que tener régimen; así no puede ser.

-Eso mismo estaba pensando yo -replicó la baronesa-. Sí, lo comprendo; a mí no me corresponde esa vida. Volveré a tomar otra casita de doce duros.

-¿Y los muebles?

-Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

-No, yo... -el calcáreo iba a hacer una observación de buen comerciante, pero no se atrevió-. Luego esas visitas tan frecuentes de su primo de usted no están bien -añadió.

-Pero si me persigue -murmuró con voz quejumbrosa la baronesa-, ¿qué voy a hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es raro, porque ya a mis años.

-No diga usted esas cosas, Paquita.

-Pero, nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted cómo no va a volver.

-¡No ha de volver! Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

-Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

-Entonces, mejor que mejor.

La baronesa miró indignada a don Sergio; después tomó una actitud compungida.

Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía dejar a niña Chucha, a quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; pero la baronesa afirmó que la quería como a una hija, tanto o más que a sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.

De pronto, la baronesa se incorporó en el sofá.

-Tengo un plan -le dijo a don Sergio-. Dígame si le parece bien. En El Imparcial de ayer vi anunciada una casa o finca en Cogolludo, con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, a mí me basta con la cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece a usted, don Sergio?

-Pero ¿para qué te vas a marchar de aquí?

-Es que no se lo he querido decir -añadió la baronesa-; pero ese hombre me persigue.

Y contó una porción de embustes. Se recreaba la buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía tenazmente, y todas las cartas que ella le había escrito a él supuso que era él quien se las había escrito a ella.

-Y claro -siguió diciendo-, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo de ese ridículo trovador.

-Pero Cogolludo no debe de tener tren; te vas a aburrir.

-¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en regar el jardín y cuidar las flores... Pero soy tan desgraciada que con seguridad ya habrán alquilado la casa.

-No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no podrá ir al colegio. -Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.


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