La lucha por la vida II: 039

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


-Bueno; alquilaremos esa casa.

-Si no, ese canalla me va a perseguir. Yo quisiera que le llevasen a la cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los pillos.

-Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y alíviate pronto.

-Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya sabe usted que soy muy arregladita y que no pierdo ni desperdicio nada. Era lo mejor que tenla la baronesa: que se conocía a fondo.

Decididos a ir a Cogolludo, comenzaron a embalar los muebles entre niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.

-Pero, hija, ¿qué vas a hacer?

La mulata, apurada a preguntas, confesó que un señor americano, un pequeño rastaquouèe que sentía la nostalgia del cocotero, le había ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.

La baronesa no se atrevió a hablarla de moralidad, y el único consejo que le dio fue que si el americano no se contentaba únicamente con que ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en blando.

Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se encontró con Mingote, que al verle echó a correr tras él.

-¿Adónde vas? -le dijo-. Cualquiera diría que huyes de mí.

-¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.

-Yo también.

-Mira, vamos a entrar en este café. Te convido.

-Bueno.

Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.

-¿A ti te importaría algo escribir lo que voy a dictarte?

-Hombre, según lo que sea.

-Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio Figueroa, sino Manuel Alcázar.

-¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien como yo -contestó cándidamente Manuel.

-Es una combina que me traigo.

-Y yo, ¿qué voy ganando con eso?

-Te puedes ganar treinta duros.

-¿Sí? ¡Vengan!

-No, cuando el negocio esté terminado.

Viendo Mingote a Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para quitar a la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se los entregaba, añadiría a los treinta veinte duros más.

-Los papeles los tengo yo guardados -dijo Manuel-; si espera usted aquí un momento, voy y se los traigo a usted en seguida.

-Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho! -murmuró Mingote-. Se figura que le voy a dar cincuenta duros. ¡Qué primo!

Pasó una hora; luego otra; Manuel no aparecía.

-¿Habré sido yo el primo? -exclamó Mingote-. Sin duda. ¿Me habrá engañado ese condenado niño?

Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren. Fueron a Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el pueblo sería algo así como una aldea flamenca, y se encontró con un poblachón en medio de una llanura.



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