La lucha por la vida II: 040

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día siguiente de llegar, la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.

-¡Ay, Dios mío!, ¡qué casa! -decía-. ¿Por qué habremos venido aquí? ¡Y qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!

Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso a trabajar con fe.

Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.

Después removió la tierra con un pincho y sembró a discreción garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse si era o no el tiempo de la siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundo que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la cuerda y además a la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de agua.

A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando ya la casa estuvo limpia fue a Madrid, sacó del colegio a Kate y la llevó a Cogolludo.

Kate, como tenía un espírutu práctico, llenó unas cuantas macetas de tierra y plantó una porción de cosas en ellas.

-¿Para qué hace usted eso -le dijo Manuel-, si dentro de poco estará todo esto lleno de plantas?

-Yo quiero tener las mías -contestó la niña.

Pasó un mes, y, a pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la criada crecían, a pesar de la sequedad, admirablemente.

Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los intersticios de las tejas, se guarecían.

Entabló con las avispas una lucha a muerte y no las pudo vencer; parecía que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, lleno de picaduras y expuesto a caerse del tejado.

Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con la cama, cubierta con la colcha blanca y oculta por las cortinas; los tiestos, en la ventana, en los que empezaban a brotar las plantas; su armario, y los cromos en las paredes azules, su alcoba tenía un aspecto de gracia encantador.

Luego era la muchacha de una bondad amable y serena.

Había encontrado en el campo un gato herido, a quien perseguían los chicos a pedradas; lo recogió, a riesgo de ser arañada, lo cuidó y curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con ella.

Manuel obedecía a la Nena ciegamente; sentía, además, una gran satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de perfecciones, y, a pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero interno, enamorarse de ella. Quizá la encontraba demasiado buena, demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran de lo imperfecto.

El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en Cogolludo, al parecer contento: pero, al fin de agosto, las pesetas que recibía la baronesa no aparecieron.

Escribió a don Sergio varias veces sacando a relucir la persecución de que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor propio del viejo Cromwell; pero don Sergio no cayó en la celada.


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