La lucha por la vida II: 041

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo trampeando, haciendo deudas. Un día, a principios de otoño, se presentó el guarda de la casa, diciendo a la baronesa que la desalojara, que en Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando y poniendo como un trapo a don Sergio; el guarda dijo que la orden era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler. La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid, con las ventas y los empeños, quedaron reducidos estrictamente a lo indispensable, y se decidió a dejarlos y a huir de Cogolludo.

Una tarde que salieron del pueblo a dar un paseo, la baronesa expuso a Kate, muy azorada, la situación.

-¿Vamos a Madrid? -terminó diciendo.

-Vamos.

-¿Ahora mismo?

-Ahora mismo.

Hacía frío. Comenzaba a lloviznar.

La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron a nadie. Kate iba un tanto asustada.

-Vaya una facha rara que debemos de tener -decía la baronesa.

A la hora y media de salir del pueblo, de repente, a la vuelta de un sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto a lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la oscuridad rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren huyó y quedaron tres farolillos rojos y uno verde danzando en la oscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las sombras. Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación.

Esperaron unas horas, y a la mañana del día siguiente llegaron a Madrid. La baronesa estaba azarada; fueron a una casa de huéspedes; les preguntaron si tenían equipaje; la baronesa dijo que no, y no supo encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje no les tomarían, a no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se había mudado; no se sabía tampoco las señas de Horacio. La baronesa tuvo que empeñar un reloj de Kate, y fueron a parar los tres a un hotel de tercera clase.

Al cuarto día el dinero se terminó. La baronesa había perdido su presencia de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.

Escribió una carta humilde a su cuñado, pidiéndole hospitalidad para ella y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate para llorar.

La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que esperara unos días a que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda, a quien la petición hecha en otra forma no le habría chocado, se figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de engañarla, y dijo que no esperaba, que si al día siguiente no le pagaban, avisaría a la justicia.

Kate, al ver a su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.

Voy a ver al embajador de mi país -dijo Kate resueltamente.

-¿Tú sola? Iré yo.

-No; que me acompañe Manuel.

Fueron los dos a la Embajada; entraron en un portal grande. Dio su tarjeta Kate a un portero, e inmediatamente la hicieron pasar; Manuel, sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo salió la muchacha al portal, acompañada de un señor de aspecto venerable.

Éste la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.

El lacayo abrió la portezuela de un coche que había frente a la puerta, y permaneció con el sombrero en la mano.

Kate se despidió del anciano señor; luego dijo a Manuel:

-Vamos.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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