La lucha por la vida II: 042

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La lucha por la vida II Primera parte Pío Baroja


Entró ella en el coche y luego Manuel, estupefacto.

-Ya está todo arreglado -dijo la muchacha a Manuel-. El embajador ha telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta a la Embajada.

Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas a doblegarse y a ocultar sus deseos, tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un poder y una fuerza extraordinarios.

La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura besó a Kate repetidas veces y lloró amargamente.

Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un cheque para que se pusieran en camino.

A pesar de lo que le prometió la baronesa a Manuel, éste comprendió que no le llevarían a él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena y para ella.

Una tarde de otoño se fueron madre e hija. Manuel las acompañó en coche hasta la estación.

La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como siempre, al parecer, serena y tranquila.

En el trayecto ninguno de los tres dijo una palabra.

Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un baúl, y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por.el andén de la estación, pálido, de un lado a otro.

La baronesa prometió al muchacho que volverían.

Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.

-Vamos, bájate -dijo la baronesa-. El tren va a empezar a andar.

Manuel ofreció la mano tímidamente a la Nena.

-Abrázala -dijo su madre.

Manuel apenas se atrevió a rodear el talle de la muchacha con sus brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

-Adiós, Manuel -le dijo, secándose una lágrima.

Echó a andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren silbando por los campos, y Manuel se llevó las manos a los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

-Vamos de aquí.

-Es usted? -le dijo Manuel.

-Sí.

-Han sido muy buenas para mí -añadió Manuel tristemente.


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