La lucha por la vida II: 044

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se levantó en calzoncillos y anduvo buscando el jabón entre los papeles, hasta que lo encontró. Se fue a lavar en la palangana del aguamanil, llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos de mujer.

-¿Quieres echar el agua? -dijo el periodista a la muchacha humildemente.

-Échala tú -contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano; después volvió, se lavó y fue vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se vela algún peine grasiento, algún cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos llena de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestirse, Sandoval se transformó a los ojos de Manuel: tomó un aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y Roberto y Manuel salieron de la casa.

-Se ha quedado maldiciendo de nosotros -dijo Roberto.

-¿Por qué?

-Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan trabajar.

Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que salía de la línea, de las demás.

-Ésta es la imprenta -dijo Roberto.

Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación de que aquello era una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un tabique recién blanqueado, en donde se señalaban las huellas impresas de dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; en el otro, el interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza, que desaparecía en el techo. En medio de este segundo compartimiento, un hombre barbudo, flaco y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel, que allí parecía blanco como la nieve, sobre la platina de la máquina, y otro lo recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas, que movía la prensa.

Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho, que recibía la luz por dos ventanas a un patio.

Adosados a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.

En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres, cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.

Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo cogió la carta, y gruñó malhumorado:

-No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la...!

-Éste es el chico a quien hay que enseñarle el oficio -interrumpió

Roberto fríamente.

-Como no le enseñe yo la... -y el cojo soltó diez o doce barbaridades y un rosario de blasfemias.

-Hoy estará usted de mal humor.

-Estoy como me da la gana..., tanto amolar..., porque me sale así de los santísimos... ¿Sabe usted?

-Bueno, hombre, bueno -repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de teatro de los que oye todo el mundo-: ¡Qué paciencia hay que tener con este animal!


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