La lucha por la vida II: 045

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


-Es una broma -siguió diciendo el cojo, sin hacer caso del aparte-;que el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué? ; que no tiene qué comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares..., con viento fresco.

-¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer; no quiero perder el tiempo.

-¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a bien que yo necesito que se quede usted aquí; que se quede el chico; usted aquí estorba.

-Gracias. Tú, quédate aquí -dijo Roberto a Manuel-; ya te dirán lo que tienes que hacer.

Manuel quedó perplejo, vio a su protector que se marchaba, miró a todos lados, y viendo que nadie le hacía caso, se fue acercando a la escalera y bajó dos peldaños.

-¡Eh! ¿Adónde vas? -le gritó el cojo-. ¿Es que quieres o no quieres aprender el oficio? ¿Qué es esto?

Manuel quedó nuevamente confuso.

-¡Eh, tú, Yaco! -gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que trabajaban-. Enséñale la caja a este choto.

El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a Manuel y volvió a su trabajo.

El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono burlón, con una canturia extraña:

-¡Ah, Yaco! ¿Por qué no le enseñas al muchacho las letras?

-Enséñale tú —contestó el que llamaban Yaco.

El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se echó a reír; y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y dijo:

-Ve echando cada letra en su cajetín.

Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.

El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de cajetín a cajetín.

Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.

Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían de comer: luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia era comestible; pensó que quizá aquellos rodillos, quitándoles la tinta de encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.

A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y comenzaron de nuevo el trabajo.

Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.

El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba, poniendo encima de ellas un papel y golpeando con un mazo; después, con unas pinzas, extraía unas letras y las iba sustituyendo por otras.

Jesús, a media tarde, dejó de componer, cambió de faena; cogía las galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro de unas cuñas.

El marco se lo llevaba uno de los maquinistas al sótano y volvía con él al cabo de una hora. Jesús sustituía en el marco de hierro unas columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se repetía la misma operación.

Luego de trabajar toda la tarde, iban a salir a las siete cuando Manuel se acercó a Jesús y le dijo:


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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