La lucha por la vida II: 046

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 046 de 121
La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


-¿No me dará el amo de comer?

-¡Quia!

Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.

-¡Ah!, ¿no? Anda, vente conmigo.

Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero, y después dijo a Manuel:

-Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no haces una charranada.

-Descuide usted.

-Bueno, vamos adentro; hoy convido yo.

Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos a la mesa. Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de vista.

Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oírle.

Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:

-Tienes sitio donde dormir?

-No.

-Ahí, en la imprenta, debe de haber.

Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a Manuel dormir en algún rincón.

-¡Moler! -exclamó el cojo-. Esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya una golfería! Porque el cojo será muy malo, pero aquí todo el mundo viene. ¡Claro! A la gandinga.

Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho al que se subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.

Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.

Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.

-Mira lo que hace éste, y luego haz tú lo mismo -le dijo, indicándole al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.

Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la platina; venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la máquina tragaba el papel, y al poco rato salía impreso por un lado, y unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.

El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas y por la tarde y parte de la noche en la máquina, y le asignó seis reales de jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano; pero de noche, imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.

A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y se tuteaba con los dos.

Jesús le aconsejaba a Manuel que se aplicase en las cajas y aprendiera pronto a componer.

-Al menos se tiene la pitanza segura.

-Pero es muy difícil -decía Manuel.

-¡Quia, hombre! Acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de agua.

Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el verlas después impresas.


<<<

La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos

>>>