La lucha por la vida II: 048

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Los nombres de los sapos - El director de Los Debates y sus redactores


Sánchez Gómez, el impresor, a quien también se le conocía por el mote de Plancheta, aunque trabajaba como obrero, era hombre rico; tenía un humor endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen corazón.

Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio, el más complicado e interesante.

Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos nadie podría encontrar insignificantes.

‘’Los Debates, El Porvenir, La Nación, La Tarde, EL Radical La Mañana, El Mundo, El Tiempo y La Prensa’’, todos estos diarios importantes nacían en el sótano de la imprenta. A cualquier hombre vulgar le parecía esto imposible; para Sánchez Gómez, aquel proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en el diccionario.

Cada periódico importante de éstos tenia una columna suya; y lo demás, información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era común a todos.

Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía e independencia en absoluto, y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía al otro como dos gotas de agua. El cojo realizaba en sus publicaciones la unidad y la variedad.

El Radical, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera columna a faltar al Gobierno y a los curas; pero sus noticias eran las mismas que las de El Mundo, diario conservador impenitente, que empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de nuestra patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad; la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...

De todos los periódicos allí impresos, Los Debates constituían un buen negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar Era Los Debates -utilizando los símiles empleados en el diario- terrible ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para las exigencias de los acreedores.

El chantaje, en manos del director del periódico, se convertía en terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de treinta y seis podían comparársele.

El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres columnas propias.

Estas columnas las fabricaba un gallegote, macizo y grueso, de aspecto cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre muerto de hambre.

Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de Los Debates, pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se estampaban en los nueve sapos nacidos en los sótanos de la imprenta de Sánchez Gómez.

Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en broma, los periodistas el Superhombre, y, abreviando, el Súper, porque siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.

Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba Máximo; otras, Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en Los Debates o en El Tiempo, en El Mundo o en El Radical, era Ernesto Langairiños. ¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca una tarde de verano. ¡Langairiños! Un sueño.

El gran Langairiños tenia entre treinta y cuarenta años; abdomen pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.

Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral; algunas de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho dandismo; a pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban rodilleras y flecos, y sus americanas, constelaciones de manchas; a pesar de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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