La lucha por la vida II: 049

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista despreciaba esas frases vulgares como la «señorita de Pérez rayó a gran altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra», y otras de la misma clase.

En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas las ideas acerca del mundo que le rodeaba; eran dos frases terribles, de una ironía amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: «Sí, sí; ya sé quién dices». Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o dejaban de hacer..., él contestaba: «Bueno, bueno; por la otra puerta».

La superioridad del espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un hombre que no fuera él valiese más que otro.

Su obra maestra era un articulo titulado «Todos golfos». Se trataba de una conversación entre un maestro del periodismo -él- y un aprendiz de periodista.

Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:

El aprendiz. -Hay que tener principios.

El maestro. -En la mesa.

El aprendiz. -Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.

El maestro. -Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de la casa de huéspedes.

El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.

A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.

Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis, veintisiete, hasta llegar a ciento, y aún más. Aquel Bayardo de la gimnasia se llamaba Langairiños.

Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños.

González Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda.

Hablaba burlonamente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; a los políticos, braguetones, y a los periódicos de Sánchez Gómez, los sapos.

El otro redactor, Fresneda, podía apostar a finura al hombre más fino y almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor a todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.

González Parla y Fresneda necesitaban recurrir a toda clase de expedientes para obligar a Sampayo, el propietario de Los Debates, a que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba nunca.

Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.

Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos años; había conseguido varias veces el cargo de gobernador, gracias a su mujer, una real hembra en sus buenos tiempos, capaz de obtener cualquier cosa de un ministro. En los Gobiernos civiles por donde pasó el matrimonio no quedaron ni los clavos.

¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando llegaba la señora de Sampayo a su casa, un tanto fatigada, después de alguna aventurilla, se encontraba a su esposo con su noble aspecto cenando mano a mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.

El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan diestro en el arte de crear acreedores y torearlos después, que siempre encontraba medios de sacar algunos cuartos.


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