La lucha por la vida II: 051

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III
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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja
El parador de Santa Casilda - La historia de Jacob - La Fea y la Sinforosa - La chica sin madre - Mala Nochebuena


Para la primavera, Manuel componía con facilidad. Poco después, el tercer cajista se fue, y jesús dijo al amo que debía poner a Manuel en la plaza vacante.

-Pero si no sabe nada -replicó el dueño.

-¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.

-No; le subiré el jornal.

-¿Cuánto le va usted a dar?

-Le daré ocho reales.

-Es poco. El otro ganaba doce.

-Bueno, le daré nueve, pero que no venga a dormir aquí.

El nuevo cargo emancipó a Manuel de la obligación de barrer la imprenta y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en donde él vivía: un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Habría deseado Manuel no ir por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador, por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una cama, una silla rota de paja y una estera, colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador eran, poco más o menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías idénticas, y puertas numeradas.

Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos, panzudos, rojos, de la Fábrica del Gas, con los soportes altos de hierro terminados en poleas, y alrededor el Rastro; a un lado, vertederos ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el paisaje árido, y sus lomas calvas, amarillentas, se escalonaban hasta perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Ángeles, con su ermita en la punta.

En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel había un carpintero y su mujer, que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban a la niña de una manera bestial.

Manuel estuvo muchas veces dispuesto a entrar en el cuarto, porque suponía que aquellos bárbaros martirizaban a la niña.

Una de las mañanas que encontró a la carpintera le dijo:

-¿Por qué pegan ustedes así a la chica?

-,Te importa algo?

-Claro que me importa.

-¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.

-Así debía haber hecho su madre con usted -le contestó-: quitarla de en medio a palos, por bruja.

Refunfuñó la mujer, y Manuel se fue a la imprenta.

Por la noche, el carpintero detuvo a Manuel.

-¿Qué le has dicho tú a mi señora, eh?

-Le he dicho que no debía pegar a su hija.

-Y a ti, ¿quién te mete a decir nada?

El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y el cuello de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.

Afortunadamente para él, el carpintero y su mujer se mudaron de la casa pronto.

En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; una muchacha ciega que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chiva, con la que se pegaba continuamente; dos hermanas muy golfas, muy zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres como cabras.


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