La lucha por la vida II: 053

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Un sábado, Jacob le convidó a comer en su casa.

Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela próxima al paseo de Areneros.

La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.

Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo, que andaba por la casa con una túnica oscura y una gorra; a su mujer, Mesoda, y a una niña de ojos negros llamada Aisa.

Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras gravemente en una lengua enrevesada que Manuel supuso sería una oración en judío, y comenzaron a comer.

La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le pareció que mascaba flores.

En la, mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de África; en su narración, Prim, el señor Juan Prim -como decía él-, tomaba proporciones épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda, muy tímida, sonreía y se ruborizaba por cualquier cosa.

Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de aquellos instrumentos primitivos.

Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando en cuando.

Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador encontró en el pasillo que conducía a su cuarto un grupo de comadres que hablaban de Jesús y de sus hermanas.

La Fea había parido; estaba en su cuarto el médico de la Casa de Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida asistiendo enfermos.

-Pero ¿qué ha hecho Jesús? -preguntó Manuel al oír los dicterios de las mujeres contra el cajista.

-¿Qué ha hecho? -contestó una de las comadres-. Pues , que ha resultao que vivía amontonado con la Sinfo, que es una pécora más mala que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba la Fea.

Eso no puede ser verdad -replicó Manuel.

-¿Que no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.

-Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos -añadió una de las mujeres.

-Tanto como la que más -replicó la comadre oradora-. Se lo ha contao to al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao toos los quisquis, fue la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago de aguardiente, y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó borracha... Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, viéndola en la cama a la Fea, la dijo, dice: «Anda, que la cama la necesitamos nosotros para...» (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me entienden ustés, y va y pone a su hermana a la puerta. La Fea, que no sabía lo que se hacía, salió a la calle, y uno del Orden, al verla curda, la lleva a la delega y la mete en un cuarto oscuro, y allí algún tío...

-Que estaría también curda -dijo un albañil que se detuvo al oír la relación.

-Pues ... -añadió la comadre.

-Si llega a ver luz, pa mi que no hay nada, porque el compadre, al ver la cara de la socia, se asusta -añadió el albañil, siguiendo su camino.

Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó a la puerta del cuarto de Jesús. Era un espectáculo desolador: la hermana del cajista, pálida, con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta con telas de saco, parecía un cadáver, el médico la fajaba en aquel momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre manchaba los ladrillos.


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