La lucha por la vida II: 054

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Jesús, arrimado a la pared en un rincón, miraba al médico y a su hermana, impasible, con los ojos brillantes.

El médico pidió a las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate de tablas y colocaron con cuidado a la Fea. Estaba la pobre raquítica como un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, a pesar de que no debía de tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño a su lado, cambió de postura e intentó darle de mamar.

Manuel, al notarlo, miró a Jesús con ira.

Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.

El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió a Jesús, lo llevó al extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto a hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero a la Fea, lo prometía.

Luego, cuando se fue el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que lo pusieron como un trapo.

Él no negó nada. Al revés.

-Durante el embarazo -dijo- ha dormido en el suelo, sobre la estera.

Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista.

Éste se encogía de hombros estúpidamente.

-¡Mire usted que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera, mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama! —decía una.

Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, a la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz a la parturienta.

La Sinfo debió de sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, en los días posteriores, iba de su casa a la imprenta sin hablar una palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.

Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño a la Fea; exigían el jornal entero a Jesús, quien lo daba sin inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado e hidrocéfalo, murió a la semana.

La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía se había lanzado a la vida.

El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un señor estirado, de barba entrecana y anteojos de oro, y otro que parecía secretario o escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al andar e iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de San Vicente de Paúl; visitaron a la hermana de Jesús y a otras personas que vivían en rincones y tabucos de la casa.

Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, que no hacían más que dormir en el parador; no conocían la vecindad; así que anduvieron por su casa como por una extraña.

-¡Hipócritas! -decía el albañil a voz en grito.

-Pero, hombre, ¡cállese usted -exclamó Manuel-, que le van a oír!

-¿Y qué? -replicaba el vecino-. ¡Que me oigan! Son unos hipócritas. ¿A qué vienen aquí a echárselas de caritativos? A hacer el paripé, a eso vienen esos tíos, esos farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? ¿Que vivimos mal? ¿Que estamos hechos unos guarros? ¿Que no cuidamos a los chicos? ¿Que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.

Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.

En una silla, a la luz de una candileja, cosía una mujer joven.

Desde el pasillo, Manuel pudo oír la conversación que tenían adentro.

El viejecillo de bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que le pasaba a la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó un sinfín de miserias y dolores.


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