La lucha por la vida II: 057

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IV
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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


La Navidad de Roberto - Gente del Norte


A la misma hora, Roberto Hasting marchaba a casa de Bernardo Santín envuelto en su abrigo. La noche estaba fría; apenas transitaba nadie por la calle; los tranvías pasaban de prisa, resbalando por los raíles con un zumbido suave.

Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta Esther y pasó adentro.

-¿Y Bernardo? -preguntó Roberto.

-No ha venido en todo el día —contestó la ex institutriz.

-¿No?

-No.

Esther, envuelta en un chal, se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua galería fotográfica, estaba iluminado por un quinqué de petróleo.

Todo denunciaba allí la mayor miseria.

-¿Se han llevado la máquina? -preguntó Roberto.

-Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me aconseja usted que haga, Roberto?

Roberto paseó de un lado a otro del cuarto, mirando al suelo; de repente se detuvo ante Esther.

-¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?

-Sí, con entera franqueza; como hablaría usted con un camarada.

-Pues bien; entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no sé si el consejo le parecerá a usted brutal...

-Diga usted.

-Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.

Esther calló.

-Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, incapaz de vivir e incapaz de comprender a usted.

-¿Y qué voy a hacer?

-¿Qué? Volver a su vida pasada, a sus lecciones de piano y de inglés. ¿Es que le sería a usted dolorosa la separación?

-No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no le he querido nunca.

-Entonces, ¿por qué se casó usted con él?

-Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no conocerle; fue una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día siguiente estaba arrepentida.

-Lo creo. Yo, cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna aventurera que quiere legitimar su situación con un hombre; luego, cuando la fui conociendo a usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado a una mujer ilustrada, de corazón, a casarse con un tipo así? Nunca me lo he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, aunque pobre, dispuesto a trabajar y a luchar?

-No; me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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