La lucha por la vida II: 061

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


-¡Roberto! ¡Roberto! -clamó Esther, asustada. Apareció éste en el taller, cogió a su prima del brazo, y violentamente la hizo separarse de Esther.

-¡Ah! ¿Eres tú, Bob? -dijo Fanny, serenándose inmediatamente-; has venido a tiempo; iba a matarla.

La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema de ajedrez. Fanny quería a Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y Esther no sentía inclinación alguna por el pintor. ¿Cómo iba a arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos análisis psicológicos, que no conducían a nada. Había oscurecido; Esther encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba en frío; Oswald hablaba monótonamente.

-Sé tú el árbitro -dijo Fanny a Roberto.

-Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido a Esther un perjuicio material grandísimo.

-Estoy dispuesta a indemnizarla.

Yo nada quiero de usted -exclamó Esther.

-No; perdone usted -dijo Roberto-, perdone usted que tercie en este asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido tranquilamente; por tu culpa se ve así.

-Ya he dicho que estoy dispuesta a indemnizarla.

-Yo he dicho también que no quiero nada de usted.

-No; usted debe dejarme a mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana podré verte, Fanny?

-Toda la tarde te esperaré.

-Está bien, trataremos de este asunto.

Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente a Esther, y tendió la mano a su primo.

-¿Sin rencor? -preguntó Roberto.

-Sin rencor -afirmó ella, dando una sacudida violenta a la mano de Roberto.

Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron solos en el taller.

-¿Sabe usted una cosa? -dijo Roberto, riendo.

-¿Qué?

-Que no habría ganado usted gran cosa casándose con Oswald en vez de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.

-¿Me abandona usted, Roberto? -murmuró Esther con melancolía.

-No; vendré mañana a verla a usted.

-No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.

-¿No le parece a usted peligroso?

-¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted o para mí?

-Para los dos quizá.

-¡Oh! Para mí, no. Quisiera salir de aquí, no ver a Bernardo, que no me moleste.

-No la molestará ya más.

-Lléveme usted de aquí a cualquier parte.

-Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea recta. Es mi única fuerza; tengo anteojeras, como los caballos, y no me desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y casarme con una mujer; todo lo demás para mí es una tardanza en conseguir mis fines.


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