La lucha por la vida II: 062

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


-¿Y yo entro en todo lo demás?

-Sí, porque si no, me desviaría de mi camino.

-Es usted inflexible.

-Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.

-Y usted me dice fríamente: «Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza, porque nadie la entiende; yo sigo adelante».

-Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro cualquiera, lo que un hombre galante haría en mi posición? ¿Aprovecharse de su desconcierto y hacer que usted fuera mi querida, y luego dejarla a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizá sea rectilínea, como mis aspiraciones; es así.

-No hay salvación; mi vida está aniquilada -murmuró Esther con la mirada brillante.

-No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; luchar, ¡si ésa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.

Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.

-Adiós; trataré de seguir sus consejos -y le tendió la mano. Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó. Iba a marcharse cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño que implora:

-¡Oh, no se vaya usted!

Roberto volvió.

-Yo no le desviaré de su camino -exclamó Esther-. Lléveme usted de aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana, como una criada, si usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.

-Vamos -murmuró Roberto emocionado-. ¿No le va usted a avisar a Bernardo?

Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente, y se acercó a Roberto, que la, esperaba en la puerta.

-Pero si no quiere usted acompañarme, no lo haga usted, Roberto. Por compromiso, no -dijo Esther, con los ojos llenos de lágrimas.

-la dicho usted que sería mi hermana, vamos -repuso él con cariño.

Ella entonces se refugió en su pecho: él, apartando con la mano los rizos de la frente, la besó con dulzura.

-No, así no, así no -exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto por las muñecas le presentó los labios.

Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza a los pies.

-¿Vamos?

-Vamos.

Salieron de casa.

Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la mano, murmuraba:

-¿Y mi padre? ¿Qué va a ser de mi pobre padre?


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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