La lucha por la vida II: 063

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Paro general - Juergas - EL baile del Frontón - La iniciación del amor

La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo a los dos huérfanos recogidos por el cajista el día de Nochebuena, y la Salvadora y el chiquitín entraron a formar parte de la familia.

Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición a limpiar, a barrer, a fregar, a sacudir, que a Jesús y a Manuel les fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida a Jesús y a Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al mediodía, con un cesto que abultaba más que ella, iba a la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.

-La chica esta no nos va a dejar vivir -decía Jesús.

La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, a pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.

Un día de invierno en que había cobrado el jornal, al salir de la imprenta, Jesús le preguntó a Manuel:

-Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?

-¡Psch!

-¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?

-¿Y qué le vas a hacer?

-Cualquier cosa preferiría yo a esto.

-¡Si estuvieras solo como yo!

La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir -dijo Jesús. En la primavera, añadió, tenían que hacer los dos un viaje a pie por los caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.

Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso cuando pasó por delante de ellos una estudiantina tocando un alegre pasodoble.

Empezaba a nevar; hacia mucho frío.

-¿Vamos a cenar hoy bien? -dijo Jesús.

-En casa nos estarán esperando.

-¡Que esperen! Un día es un día. Vamos a estar ahí toda la vida pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorra!, ¿para qué?

Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo, y en la de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras cenaban hablaron con entusiasmo del viaje proyectado. Brindaron una porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.

-Ahora hay que ir al baile del Frontón -murmuró Jesús con voz estropajosa a los postres-. Allí encontraremos unas golfas, y ¡venga juerga!, y la imprenta pa el gato.

-Eso es -repetía Manuel-; ¡al baile! Y al cojo, que le den morcilla. ¡Anda, tú!

Se levantaron, pagaron y, al pasar por la calle de Carretas, entraron en una taberna a tomar dos copas.

Tropezando con todo el mundo llegaron a la calle de Tetuán, y allí se empeñó Jesús en que debían tomar otras copas; entraron en una taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber; estaba pálido y desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y sus mejillas le echaban fuego.

Anda, vamos -le dijo a Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel vaciló en quedarse allí o en salir a la calle; pero se decidió por marcharse, y dejó a Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de la taberna.


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