La lucha por la vida II: 064

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Manuel salió a la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante sus ojos, le mareaban. Llegó a la Puerta del Sol. En la esquina de la carrera de San Jerónimo vio a una muchacha que se detenía a hablar con los hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.

Ésta tenia la cabeza abotagada y erisipelada.

Tú, ¿qué haces? -le dijo Manuel bruscamente.

-¿No lo ves? Vender Heraldos.

-¿Y nada más?

Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:

-Y jugar.

Manuel estaba con el corazón palpitante.

-¿No tienes novio? -la dijo.

-No quiero chulos.

-¿Por qué no?

-Pa que le quiten a una el dinero que gana y la harten, además, de palos. SI, sí...

-¿Cuánto quieres por venir conmigo?

-¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes ni una perra!

-¿Que no?

-Vaya que no.

-Yo tengo -murmuró Manuel con jactancia- cinco duros para tirarlos, y tú no me sirves a mí para nada.

Y tú a mí ni pa la limpieza.

-Oye -añadió Manuel, y agarró a la muchacha del brazo y le dio un empellón.

-¡Vamos, quita, asaúra!-gritó ella.

-No quiero.

-Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?

-Si quieres te convido a café -y Manuel hizo sonar el dinero en su bolsillo.

La muchacha vaciló, dio los números del periódico que llevaba a una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fue con Manuel a una buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color canela los siguió.

-¿Este perro es tuyo?

-Sí.

-¿Cómo se llama?

-Sevino.

-¿Y por qué le llamas así?

-Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.

Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freír buñuelos. Dos luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa próxima a una puerta que daba a un callejón.

La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra; pero la decían Matilde porque era más bonito. Tenía dieciséis años y vivía en la calle del Amparo, en un sotabanco. Se levantaba a las dos; para cuando ella se levantaba, su madre tenía ya arreglada la casa. No salía hasta el anochecer; vendía una mano de Heraldos y diez Corres, y luego... lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba a su madre, y cuando ésta suponía algún engaño le daba unas cuantas tortas.

Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin comprender apenas lo que le hablaban.

Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado a quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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