La lucha por la vida II: 065

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un puesto de periódicos que prestaba un duro a los chicos que vendían el Blanco y Negro por la mañana, y que por la noche le tenían que devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.

Mientras hablaba Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, aunque ya no recordaba dónde.

-Vamos a ese baile -dijo.

-¿A cuál? ¿Al del Frontón?

-Sí.

-¡Hale!

Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.

Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes largas pintada de azul oscuro y marcada a trechos con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.

Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre la armazón de hierro, diez o doce puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo deslumbrador.

Aquel local ancho y pintado de oscuro parecía un taller de máquinas desocupado.

Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.

Cuando la charanga comenzó a tocar con estrépito, la gente de los pasillos y del ambigú salió al centro a bailar, y poco a poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía a las parejas dando vueltas, hombres y mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran a un entierro.

Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera. A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había un momento de confusión; se restablecía pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.

Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso a bailar con la muchacha. Ésta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó.

Manuel quedó desconsolado e hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres, pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres, con aspecto petulante y la mirada agresiva.

Éstos rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.

Un negro borracho, sentado cerca de Manuel, saludaba el paso de alguna mujer guapa, gritando con voz aniñada:

-¡Olé ahí! ¡Vaya caló!

-Adiós, Manolo -oyó Manuel que le decían.

Era Vidal, que bailaba con una máscara elegante, muy ceñido a ella.

-Vete a verme mañana -dijo Vidal.

-¿Adónde?

-A las siete de la noche, en el café de Lisboa.

-Bueno.

Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de tocar en un intermedio.

-¿Vamos? -preguntó Manuel a la muchacha.

-Si, vamos.

Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.

Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle del Correo y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un farol grande con una luz muy triste.

Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera oscura desaparecieron...


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