La lucha por la vida II: 066

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


La nieve - Otras historias de don Alonso - Las Injurias - El asilo del Sur

Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo a pierna suelta. Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.

Llamó en el cuarto de Jesús. Estaba la Fea en la máquina y la Salvadora sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín jugaba en el suelo.

-¿Y Jesús? -preguntó Manuel.

-¡Tú lo sabrás! -contestó la Salvadora con una voz colérica.

-Yo... me separé de él...; luego me encontré con un amigo... -Manuel se esforzó en inventar una mentira-. Quizá esté en la imprenta -añadió.

-No, en la imprenta no está -replicó la Salvadora.

-Le buscaré.

Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.

-Aquí estuvo -contestó el mozo-, hasta que se cerró la taberna. Luego se fue hecho un pepe, no sé adónde.

Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día siguiente a la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una inercia imposible de vencer.

En el corredor se encontró con la Salvadora.

-¿Hoy tampoco has ido a la imprenta? -le dijo.

-No.

-Bueno, pues no vuelvas más por aquí -añadió la muchacha, encolerizada-: no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y si le ves a Jesús, dile esto de parte de su hermana y de la mía.

Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y de mangueros quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.

Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía a Vidal; pero no le vio y después de comer en una taberna, se fue a pasear por las calles. Oscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba deshabitado; la plaza de Oriente tenia un aspecto irreal, de algo como una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por una irradiación luminosa.

Manuel volvió a su casa, desalentado; se metió en la cama.

«Mañana voy a la imprenta», se dijo, pero tampoco fue; se despertó muy temprano con este propósito; se levantó, se acercó a la imprenta, y al ir a entrar se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un escándalo, y no entró. «Si no es ahí, encontraré trabajo en otra parte», pensó; y volviendo por sus pasos se fue a la Puerta del Sol, después a la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de Ferraz, salió al paseo de Rosales.

Estaba desierto y silencioso.

Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las oscuras arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de la estación del Norte turbaban aquella calma. Los pasos resonaban en el suelo.

Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa blanca.

Por la tarde volvió Manuel a acercarse a la imprenta, se asomó a ella y preguntó al maquinista por Jesús.

-Menuda bronca le ha echado el amo -le contestó.


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