La lucha por la vida II: 067

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


-¿Le ha despedido?

-No, que no. Anda, sube tú ahora.

Manuel, que iba a subir, se detuvo.

-¿Se fue ya Jesús?

-Sí. Estará en la taberna de la esquina.

Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa, bebía una copa de aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba a sus pensamientos sombríos.

-¿Qué haces? -le preguntó Manuel.

-¡Ah! ¿Eres tú?

-Sí; ¿te ha despedido el Cojo?

-Sí.

-¿Estabas pensando en algo?

-¡Pchs!... Cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos a tomar unas copas.

-No, yo no.

-Tú harás lo que se te mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.

Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.

-Te advierto que la Salvadora la chiquita, te va a armar una chillería de mil demonios -dijo Manuel-. ¡Vaya un genio que tiene!

-¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de que la chiquita esté en casa, porque así la defiende a la Fea, que es más infeliz... Y a ti, ¿cuánto te queda de la quincena? -preguntó el cajista a Manuel.

-¿A mí? Ni un botón.

Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que, agarrando del brazo a su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le quería como a un hermano.

-Y ¡maldito sea el veneno! -concluyó diciendo-, si yo no soy capaz de hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes ni un botón vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.

Manuel, conmovido por estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto a todo.

Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, entraron los dos en la taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron otras copas de aguardiente.

Cuando llegaron al parador de Santa Casilda iban completamente borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, reclamándoles a ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús le contestó, en broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que pagaban o se marchaban a la calle, y el cajista le replicó que les echara si se atrevía.

La mujer, que era de armas tomar, empujándolos por la espalda, puso a los dos en la calle.

-¡Rediós con el sexo débil! -murmuró Jesús-. A esto le llaman el sexo débil..., y a uno le ponen en la calle... y a tomar dos duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿Qué te parece a ti esa manera de hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.

Echaron a andar; no sentía ninguno de los dos el frío.

De cuando en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al verlos pasar o algún chiquillo, desde un portal, los llamaba y les tiraba una bola de nieve.

«¿De quién se reirán?», pensaba Manuel.

La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose; danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la calma, caían lenta y blandamente en el aire gris como el plumón suave desprendido del cuello de un cisne. A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los árboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.


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