La lucha por la vida II: 068

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas de las fábricas se extendía por el aire como una amenaza.

-El sexo débil. ¿Eh Manuel? -siguió Jesús con su idea fija-, y a uno le ponen en la puerta de la calle... Es como si dijeran la nieve débil..., porque tú la pisas..., ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... ¿Y quién es más débil, tú o la nieve?... Tú, porque te enfrías. En este mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?... Todo. Como la nieve..., la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa..., el sexo débil..., pues cógela y te hielas.

Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde entonces perdieron ya la conciencia de sus actos.

A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones. Jesús tosía de una manera terrible.

-Estate tú aquí -le dijo Manuel-. Voy a ver si encuentro algo de comer.

Salió a la ronda; ya no nevaba; algunos chicos se divertían tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Águila; la zapatería estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar a Jacob; se dirigió hacia el Viaducto, e iba distraído cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:

-Detén tu brazo, Abraham. ¿Adónde vas?

Era el Hombre-boa, el ilustre don Alonso.

Manuel le contó lo que les pasaba a su amigo y a él.

-No hay que apurarse; ya vendrá la buena -murmuró el Hombre-boa-. ¿Tú tienes algún sitio donde ir?

-Una tejavana.

-Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los tres.

Entraron en una casa de comidas de la calle del Águila, donde les dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y, después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró hacer fuego dentro del cobertizo.

Por la tarde comenzó a llover a torrentes; el Hombre-boa se creyó en el caso de amenizar la reunión, y comenzó a contar historias sobre historias, principiando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en América...».

-Una vez en América -y esta historia es la menos insustancial de las que contó- íbamos navegando por el Mississipi en vapor. Os advierto que en estos vapores se puede jugar al billar: tan poco movimiento tienen. Pues bien: íbamos navegando y llegamos a un pueblo; se detiene el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos carabineros y soldados yanquis.

»Yo -esto lo añadió don Alonso con arrogancia-,que era el director, dije a mis músicos: “Hay que tocar con brío”, y en seguida, bum... bum... bum... tra... la... la... No os podéis figurar los gritos y chillidos y graznidos de aquella gente.

«Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso a hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté a uno de los yanquis: “Quién es esa señora?” “Es la reina -me dijo-, y desea un poco más de música.” Yo la saludé: “¡Muy señora mía!” (haciendo elegantes y versallescas reverencias y echando un pie hacia atrás), y les dije a los de la banda: “Muchachos: un poquito más de música para su majestad”. Volvieron a tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo hice lo mismo: “¡Muy señora mía!”.

»Armamos nuestro circo portátil en unas horas y me retiré a pensar en el programa. Yo era el director. “Hay que hacer el Indio a caballo -me dije-; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo conocerán. Luego sacaré ecuyéres, acróbatas, equilibristas, pantomimistas, y al último, clowns, que darán el golpe.” Al que iba a hacer el Indio a caballo le advertí: “Mira, tú ponte lo más parecido a ellos”. “Descuide usted, señor director.” Muchachos: fue un éxito sensacional. Salió el Indio. ¡Qué aplausos!


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