La lucha por la vida II: 069

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los movimientos del que va a caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando con ojos desencajados a un punto, y hacía como si volteara un lazo por encima de su cabeza.

-El Indio a caballo -prosiguió don Alonso se ganó los aplausos de los demás indios. Pa mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un número de acróbatas; luego, otros varios, hasta que llegó la hora de los clowns. «Ahora sí que va a haber jaleo», pensé yo; y, efectivamente, no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. «¡Cómo se divierten!», pensaba yo. Cuando viene un mozo a decirme: «¡Señor director! ¡Señor director!». «¿Qué pasa?» «El público entero se va.» «¿Que se va?» Nada, los indios se habían asustado al ver a los clowns, y creían que eran demonios que habían ido allí a aguarles la función. Entro en la pista y saco a los clowns a trompicones. Luego, para quitar a los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé a echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.

Calló don Alonso, Jesús y Manuel se preparaban a dormir, tirados en el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba a llover a torrentes; el agua caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento silbaba y gemía a lo lejos.

Empezó a tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los truenos.

-¡Vaya una tempestad! -murmuró Jesús.

-¡Las tempestades de tierra! -replicó don Alonso-. ¡Valiente filfa! Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar hay que verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez en América...

Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los dormidos, y el antiguo Hombre-boa se calló, desconsolado, y pensó en aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas a los indios y les sacaba la pecera.

No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de sitio, porque entraba el agua por el tejado.

A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase convertida en un pantano; el suelo de la ronda, en un barrizal; las casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban en los montones de basura.

Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la prenda y fueron los tres a comer a la tienda-asilo de la Montaña del Príncipe Pío.

Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas a preguntar si había trabajo; pero no lo había. Por la noche volvieron a la tienda-asilo a cenar. Propuso don Alonso ir a. dormir al

Depósito de mendigos. Salieron los tres; era al anochecer, había una fila de golfos andrajosos a la puerta del Depósito esperando a que abrieran; Jesús y Manuel fueron partidarios de no entrar allá.

Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron la calle de Ferraz, y luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.

El rincón donde habían pasado la noche anterior lo ocupaba una banda de golfos.

Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El Hombre-boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas.


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