La lucha por la vida II: 071

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.

Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.

-Aquí no corre tanto aire -dijo un viejo mendigo que se preparaba a tenderse cerca de Manuel.

Unos cuantos golfos de quince años hicieron irrupción en la sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.

-¡Qué tunantes sois! -les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel-. Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!

-¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado! -replicó uno de los golfos.

-Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el tambor -dijo otro.

-¡Granujas! ¡Golfos! -murmuró el viejo con ira.

Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó en el suelo.

-Es que estos granujas nos desacreditan explicó el viejo-; el año pasado robaron el teléfono del asilo y un pedazo de plomo de una cañería. Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba blanca, con una cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco o seis años.

Todos los demás eran de facha brutal: mendigos con aspecto de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello, corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del esplendor de la vida pasada.

La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.

Manuel se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad oficial.

A pesar de que andaba siempre rondando de un lado a otro, no se había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.

-Antes se estaba bien en este asilo -explicaba el viejo a Jesús-; había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el mundo se le daba una sopa.

-Sí, una sopa de agua -replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y tostado por el sol.

-Bueno, pero calentaba las tripas.

El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro de lo triste, era cómica su historia.

Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un Ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo de ellos en la miseria y en el desamparo más grande. Mientras tanto, escribía a su mujer dándole esperanzas.

El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fue al Gobierno Civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo y a él a un asilo. «No llevo al asilo sino a los que piden limosna», le dijo el guardia. «Yo voy a pedir limosna -le contestó él con humildad-; puede usted llevarme.» «No; pida usted limosna, y entonces le cogeré.»


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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