La lucha por la vida II: 072

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al asilo de las Delicias.

-Pues si le llegan a coger, no adelanta usted nada -dijo el de los anteojos-; le habrían llevado al Cerro del Pimiento y allá se habría usted pasado el. día sin probar la gracia de Dios.

Y luego, ¿qué habrían hecho conmigo? -preguntó la persona decente.

-Echarlo fuera de Madrid.

-Pero ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche? -dijo Jesús.

-La mar -contestó el viejo-, por todas partes. Ahora que en el invierno se tiene frío.

-Yo he vivido -añadió el mendigo joven- más de medio año en Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y después tapábamos el agujero con pez.

-¿Y por qué se fueron ustedes de allí? -preguntó Manuel.

-La Guardia Civil nos sintió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...

-¿Y usted ha andado mucho por ahí?

-Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay cosa como eso. Se come donde se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que el rey Luego, como las golondrinas, sé va uno donde hace calor.

El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, indicó a Jesús los rincones que había en las afueras. Adonde suelo yo ir cuando hace buen tiempo es a un campo santo que hay cerca del tercer depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta primavera.

Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. A media noche se despertó al oír unas voces. En el rincón de la golfería, dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo partido.

-Te daré dinero -murmuraba uno entre dientes.

-Suelta, que me ahogas.

El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó el garrote y dio un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió bramando de coraje.

-Ven ahora, ¡cochino! ¡Hijo de la grandísima perra! -gritó. Se abalanzaron uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de bruces.

-Estos granujas nos están desacreditando -exclamó el viejo.

Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y sibilantes...

Por la mañana, antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se desparramaron al momento por aquellos andurriales.

Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Álvaro. En los andenes de la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche.

De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban un guiñó confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión de las locomotoras bramaban con espantosos alaridos.

Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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