La lucha por la vida II: 073

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


La Casa Negra - Incendio - Fuga

Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían hecho una hoguera. Se calentaron un momento Manuel y Jesús.

-Tenemos que ir a ese pueblo -murmuró Jesús.

-¿A cuál?

-A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.

-Bueno.

Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron a la puerta de la estación, a la salida de los viajeros, con la idea de ganarse algunos cuartos llevando alguna maleta.

Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo a un coche. El señor le dio unas perras.

Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del museo cuando vieron un simón, y detrás del coche, corriendo a todo correr, a don Alonso con un traje haraposo lleno de agujeros.

-¡Eh! ¡Eh! -le gritó Manuel.

Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó a Jesús y Manuel.

-¿Adónde iba usted? -le preguntaron.

-Detrás de ese coche para subirle el baúl a casa a ese caballero; pero estoy cansado, ya no tengo piernas.

-¿Y qué hace usted? -le preguntaron.

-¡Psch!... Morirme de hambre.

-¿No viene la buena?

-¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en Uaterlú, ¿verdad? Pues mi vida es un Uaterlú continuo.

-¿A qué se dedica usted ahora?

-He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno -añadió, mostrando a Manuel una cartilla cuyo título era: Las picardías de las mujeres la primera noche de novios.

-,Es bueno esto? -preguntó Manuel.

Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no. ¡Yo, dedicado a estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en Niu Yoc!

-Ya vendrá la buena.

-Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fui a una Casa de Socorro, porque ya no podía más. «¿Qué tiene usted?», me preguntó uno. «Hambre.» «Eso no es enfermedad», me dijo. Entonces me eché a pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca; allá, a las señoras que van solas les digo que se me ha muerto un hijo, que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está por allá, hacia el río.

Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y por la tarde, el Hombre-boa fue a su centro de operaciones del barrio de Salamanca.

-Peseta y media he sacado hoy -les dijo a Manuel y a Jesús-. Vamos a cenar.

Cenaron en el parador de Barcelona, en la calle de Caballero de Gracia, y después el resto lo emplearon en aguardiente.

Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso: una casa en ruinas próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de ella más que las cuatro paredes, cortadas a la altura del primer piso.

Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual sobresalían unas cuantas vigas negruzcas, derechas, como las chimeneas de un pontón.

Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltaron por encima de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascotes.


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