La lucha por la vida II: 074

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Recorrieron un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos; otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto sujetas a las paredes.

Don Alonso tenía su rincón y llevó allá a Manuel y a Jesús.

El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña cogidos en el río y pedazos de estera.

-¡Qué moler! -dijo don Alonso al tenderse-;siempre hay que andar buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!

-¿Para qué? -preguntó Jesús.

-Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.

-¡Ya vendrá la buena! -dijo irónicamente Manuel.

-Ésa es la esperanza -replicó el Hombre-boa-. Mañana quizá haya cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para el hombre es como el viento para la veleta.

-Lo malo es -murmuró Jesús- que la veleta nuestra, cuando no señala hambre, señala frío, y siempre miseria.

-Mañana puede variar.

Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía un aspecto siniestro.

Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban a las mujeres en la semioscuridad y se oían sus gruñidos de placer.

Cerca de Manuel, una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.

Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano. Ella dejó al niño a un lado y se tendió en el suelo...

Un día de abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas, y cuando menos se esperaba prendió el cañizo. Inmediatamente se generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa llamarada se levantó en el aire.

Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de prisa por el paseo de los Pontones hacia la ronda.

En la noche oscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; pronto se apagó y quedaron sólo chispas que saltaban y volaban en el aire.

Los tres marcharon por la ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de faroles de gas, y a trechos, núcleos de luces como islas brillantes en medio de la oscuridad. En la ronda solitaria se oía muy de tarde en tarde el paso precipitado de algún transeúnte y los ladridos lejanos de los perros.


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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