La lucha por la vida II: 075

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Se le ocurrió a Manuel ir a la taberna de la Blasa. En vez de tomar por el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada con faroles de petróleo que pasaba al lado de la Fábrica de Gas.

Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se levantaban los soportes, que en la oscuridad producían un efecto extraño.

No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron andando los tres por la ronda de Toledo; pasaron frente a una fábrica cuyas ventanas vertían una luz violeta de arco voltaico en la negrura de la noche.

En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones de humo por la chimenea.

-No debía haber fábricas -dijo Jesús con una indignación súbita.

-¿Y por qué? -preguntó don Alonso.

-Porque no.

-¿Y de qué iba a vivir la gente? ¿Qué se va a hacer de la industria si no hay fábricas?

-Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que vivamos todos -añadió Jesús.

-¿Y la civilización? -preguntó don Alonso.

-¡La civilización! Bastante nos sirve a nosotros la civilización. La civilización es muy buena para el rico; ¡lo que es para el pobre...!

-¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?

-Pero ¿usted los utiliza?

-No; pero los he utilizado.

-Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes, el rico y el pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy, el pobre sigue con el candil, y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes, el pobre iba a pie, el rico a caballo; hoy, el pobre sigue andando a pie, y el rico va en automóvil; antes, el rico tenía que vivir entre los pobres; hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se entera...

-No tiene razón dijo don Alonso.

-Casi nada...

Siguieron oyendo los ladridos lejanos de los perros. Hacia cada vez más frío. Pasaron por la ronda de Valencia y por la de Atocha.

Se destacó el Hospital General con su sombría mole y sus ventanas iluminadas por luces mortecinas.

Ahí siquiera no se debe de tener frío -murmuró el Hombre-boa con su tono jovial que sonaba a dolorida queja.

Comenzaba a clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban a lo lejos...


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