La lucha por la vida II: 077

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 077 de 121
La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


-¿Qué son éstos? -preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.

-Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián -dijo el guardia-; no tienen domicilio.

-Perdone usted -dijo don Alonso-;accidentalmente...

-Llevadlos a que pasen la quincena -lijo el hombre alto.

No dieron tiempo a don Alonso a decir nada, porque uno de los guardias le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.

Los dos guardias los obligaron a bajar las escaleras y los metieron en un cuarto oscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.

-En fin, ya vendrá la buena -dijo don Alonso, sentándose y lanzando un profundo suspiro.

Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas ganas de reír tan grandes, que no las pudo contener.

-¿Por qué te ríes, hijo mío? -preguntó don Alonso.

Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reír, y de reír mucho, se quedó con un humor fúnebre.

-¡Qué diría Jesús si estuviera aquí! -murmuró Manuel-. En la casa de Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el sacristán le entrega a uno a los guardias; los guardias le meten a uno en un cuarto oscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.

-No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer! -murmuró don Alonso.

-En eso estarán pensando.

Sería la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del chiquero, y, conducidos por dos guardias, el Hombre-boa y Manuel salieron a la calle.

-Pero ¿adónde nos llevan? -preguntó don Alonso, un poco asustado.

-Usted siga para adelante -le contestó el guardia.

-Esto es una arbitrariedad -murmuró don Alonso.

-Usted siga para adelante si no quiere ir atado codo con codo -replicó el guardia.

Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron en el Gobierno Civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo iluminada por un quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormía una fila de diez o doce guardias de Orden público vestidos y calzados.

De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas hicieron entrar a don Alonso y a Manuel y cerraron tras de ellos.

Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron a mirarlos.

-Esto es una arbitrariedad -gritó don Alonso-. Nosotros nada hemos hecho para que se nos encarcele.

-Ni yo tampoco -murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo, habían cogido pidiendo limosna-; luego, aquí no se puede estar.

-¿Qué pasa? -preguntó Manuel.

-Que uno de éstos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo.

Debían llevarle al hospital. Él dice que le han robado la ropa; estos chicos aseguran que se la ha jugado en la cárcel.

Y es verdad -replicó uno de los golfos-. Hemos estado pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la puerta nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.

A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos cuantos hombres en el suelo.

Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.


<<<

La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

Primera parte - I - II - III - IV - V - VI - VII

Segunda parte - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Tercera parte I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Índice de artículos

>>>