La lucha por la vida II: 079

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Manuel aceleró el paso.

-Vamos de prisa.

-No sirve. Sacan la comida después que ellos comen. De manera que, aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.

Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar: tenia la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja arrollada al cuello, y en la mano, un garrote.

Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa, en donde seis o siete hombres esperaban ya.

-¿Tú sabes hacer versos? -preguntó el repatriado a Manuel.

-Yo, no. ¿Por qué?

-Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y entonces el rector le mandó entrar y le dio de comer y de beber.

-Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla.

-¿Cómo se llama el rector?

-Domingo.

Pensó Manuel una palabra que terminara en «ingo» y no la encontró y olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima de la mesa.

Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.

-Espere usted, compadre -dijo el repatriado antes que metiera el otro la cuchara-. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del caldero, y de allí comeremos.

-¡No sé qué tengo yo! -murmuró el mendigo.

-¿Usted? Que tiene un labio que parece un bistec.

Comieron Manuel y el repatriado y, después de dar las gracias al lego, salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.

Hacía una tarde de mayo espléndida; el sol calentaba de firme; el repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban se ponía densamente pálido.

Habló de la vida en la isla, una vida horrible, siempre marchando y marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas.

Recordaba el teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los oficiales del Ejército, antes de fantásticas batallas -porque los cubanos corrían siempre como liebres-, disputándose las propuestas para cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del valor de sus jefes. Luego, la guerra de exterminio decretada por Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados, la gente famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que tenemos hambre!». Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y rivalidades; y mientras tanto, los soldados, indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. Algunos decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí»; y se les quitaba el fusil y se seguía adelante.

Y después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de esqueletos; todos los días, cinco, seis, siete que expiraban y se les tiraba al agua.

-Y al llegar a Barcelona, ¡moler! , ¡qué desencanto! -terminó diciendo-. Uno que espera algún recibimiento por haber servido a la patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a preguntas cuando llegue a España». Nada. Ya no le interesaba a nadie lo que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender a la patria! ¡Que la defienda el nuncio! Para morirse de hambre y de frío, y luego que le digan a uno: «Si hubieras tenido riñones no se habría perdido la isla». Es también demasiado amolar esto...

Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y fueron hacia Madrid.


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