La lucha por la vida II: 081

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Fueron allá; les salió una mujer a la puerta y les dijo que el tal Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la planta baja de la casa.

-¡El Cojo! Sí, le conozco, ya lo creo -dijo el tabernero-. ¿Sabe usted dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en la calle Mayor.

Fue para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su existencia; sentían un hambre horrorosa, y al pensar que con la venta de aquellas sortijas y del reloj podrían comer todo lo que se les antojara, y que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible.

Se pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban a la taberna a preguntar si había llegado ya el Cojo.

Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó a saludarle y los tres pasaron al interior de la taberna, a un rincón, a hablar. El repatriado contó el caso a Calatrava.

-Ahora mismo viene mi secretario -dijo Marcos-, y él lo arreglará. Mientras tanto pedid de cenar.

-Pide tú -dijo el repatriado a Manuel.

Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la taberna dijo que la cena tardaría algo.

Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso a observar a este último.

Calatrava resultaba un tipo raro, a primera vista casi ridículo; tenia una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy amojamada; dos o tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna natural que en la de madera; una chaquetilla corta, más oscura que el pantalón; una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.

Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero hongo y un pañuelo de seda en el cuello.

Al verle, exclamó Manuel:

-¡Vidal! ¿Eres tú?

-Sí, chico. ¿Qué haces aquí?

-¿Le conoces a éste? -preguntó Calatrava a Vidal.

-Sí; es primo mío.

Marcos explicó a Vidal lo que quería el repatriado.

-Ahora mismo -contestó Vidal-; no tardo diez minutos.

Efectivamente, al poco tiempo volvió con dos papeletas de empeño y unos billetes. Los tomó el repatriado y fue repartiéndolos; a Manuel le tocaron cinco duros.

-Mira -le dijo Calatrava a Vidal-. Tú y tu primo os quedáis a cenar aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos a otro lado, que también tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale a tu primo a dormir a tu casa.

Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.

-¿Has cenado? -preguntó Vidal.

-No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?

-Estarán bien.

-¿No los ves?

-No.

-¿Y el Bizco?

Vidal palideció profundamente.

-No me hables del Bizco -dijo.

-¿Por qué?

-No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?


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