La lucha por la vida II: 084

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La lucha por la vida II Segunda parte Pío Baroja


Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de huéspedes de la calle del Olmo.

Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que los reconocieron y los llamaron.

Las dos muchachas aguardaban a la Engracia, que se había ido con un señor. Mientras tanto, reñían. La Rabanitos juraba y perjuraba que no tenía más de dieciséis años; la Chata aseguraba que iba para los dieciocho.

-¡Si se lo he oído decir a tu madre! -gritaba.

-¿Pero qué va a decir ‘eso mi madre? ¡Cerda! -replicaba la Rabanitos. Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!

-¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía entonces? Trece.

-¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí -interrumpió Vidal.

La muchachita se volvió como una víbora, contempló a Vidal de arriba abajo, y con voz estridente le dijo:

-Pa mí que tú eres de los que se agarran a la verja del Dos de Mayo y dan la espalda.

Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó a todos.

En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla les encontró la Engracia.

Anda, tú, convida-le dijo Vidal-. ¿Tendrás dinero?

-¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que quedrán.

-Aunque sea a recuelo -repuso Vidal.

-Bueno, vamos.

Entraron los cinco en una buñolería.

-Este señor con quien he ido -dijo la Engracia- es pintor y me ha dicho que me daba cinco pesetas por hora para servir de modelo de desnudo.

A la Rabanitos la sublevó la noticia.

-¿Pero qué vas a servir tú para eso, si no tienes tetas? -dijo con su vocecilla aguda.

-No, las tendrás tú.

-No es por ponerme moños -contestó la Rabanitos-; pero estoy mejor formada que tú.

-¡Magras! -replicó la otra, y sin hacer caso se puso a hablar con Vidal.

La Rabanitos le cogió a Manuel por su cuenta y le contó sus penas con una seriedad de vieja.

-Chico, estoy derrengá -le decía-, porque como una es débil y no tiene fuerza..., luego, los hombres son tan brutos y claro, como la ven a una así, hacen lo que quieren, y todo el mundo le pone a una el pie encima. Manuel oía hablar a la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le permitían darse cuenta de lo que oía. Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz e irónica. Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron a insultar a todos los que estaban en la buñolería.

-¿Quiénes son ésas? -preguntó Manuel.

-Unas tías escandalosas.

-Oye, vámonos -dijo Vidal a su primo con la prudencia que le caracterizaba.

Salieron todos de la buñolería; las muchachas fueron hacia el centro, y ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vida¡ la puerta de su casa.

Aquí es -le dijo a Manuel.

Subieron hasta e¡ último piso. Allí, Vida¡ encendió una cerilla, metió la mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un pasillo, y Vidal dijo a Manuel:

-Éste es tu cuarto. Hasta mañana. Manuel se despojó de sus harapos, y ¡a cama le pareció tan blanda que, a pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.


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