La lucha por la vida II: 086

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.

-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?

-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.

-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?

-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!

-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.

-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?

-O de otra manera.

-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.

De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.

-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.

-Bueno; tendrás algún secreto.

-Puede ser.

-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?

-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?

-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.

-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...

-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.

-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?

-A ti.

-¡Quia!

-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.

¿Y cómo?

-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése! ¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.

-¿Volviste a coger otras lámparas?

-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?

-Sí, hombre.


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