La lucha por la vida II: 088

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-Comprendido.

-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente..., al pelo.

-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo maldito si lo sé.

-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por prófugo.

-¡Psch!

-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?

-Dentro de un momento estará aquí.

Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.

-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.

-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.

Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.

-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el Cojo.

Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.

Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron nuevamente solos los dos primos.

Vamos al Círculo -dijo Vidal.

El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo había billares y algunas mesas de café.

Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y a un mozo que apareció le dijo:

-Dos cubiertos.

-Van.

-Oye -añadió Vidal-; desde que entres aquí, ni una palabra; ni me preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber, yo te lo diré. Comieron los dos. Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que Manuel no conocía, y éste estuvo callado.

Vamos a tomar café arriba -dijo Vidal.

Junto al mostrador había una puerta, y de ella subía una escalera de caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó Vidal y pasaron a un corredor a cuyos lados se veían mamparas forradas de verde.

Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló a Vidal y a Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó una pesada cortina y pasaron los dos.

Se encontraron en una sala con tres balconcillos a la calle y otros tres a un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con dos escotaduras, una frente a otra, en los lados largos; hacia el patio se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de la cual se agrupaban treinta o cuarenta personas. Había un gran silencio; no se oía más que las palabras de los croupiers y el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas y fichas colocadas sobre el tapete verde.

Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:

-Hagan juego, señores.

Callaban todos y el silencio era tan grande, que se oía el roce de las cartas entre los dedos del croupier.

-Esto parece una iglesia, ¿verdad? -murmuró Vidal-. Como dice un señor que viene aquí, el juego es la única religión que queda.


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