La lucha por la vida II: 089

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Tomaron café y una copa.

-¿Tienes cigarros? -preguntó Vidal.

-No.

-Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.

-¿Se podrá saber cómo se llama?

-Sí; el bacará. Oye, a las ocho en el café de Lisboa.

Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el dinero de la banca a los puntos y de los puntos a la banca. Después se entretuvo en observar a los jugadores. Era un anhelo tan grande el que sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.

Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de fichas y las ponían sobre el tapete. El croupier echaba las cartas francesas, y poco después pagaba o recogía el dinero puesto.

Los que estaban en pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaban, parecían interesarse en el juego tanto o más que los que se hallaban sentados y jugaban fuerte.

Eran aquellos, tipos de miseria y sordidez horrible; llevaban chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, llenos de barro.

En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo echado hacia adelante conteniendo la respiración.

Manuel se aburría allá; miró por los balcones a la calle; vio cómo se reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fue al café de Lisboa. Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del juego.

-Bueno; eso en seguida lo aprendes -le dijo el otro-. Además, los primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes jugar.

-Muy bien; ¿y el dinero?

-Toma, para mañana. Cincuenta duros.

-¿Son buenos?

-Enséñaselos a cualquiera.

-¿De modo que es una combina como la del Pastiri?

-Igual.

La tarde siguiente, con los cincuenta duros que le dio su primo y las indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó a Vidal.

Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en una oficina y le despacharon.

-Te han rebajado -le advirtió Vidal.

-Bueno -contestó alegremente Manuel-; me alegro de no ser soldado. ‘

Siguió acudiendo al Circulo todos los días que le indicaron, y al cabo de algún tiempo conocía al personal de la casa de juego. Había mucha gente empleada allá: varios croupiers muy atildados, con las manos limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, y otros que vigilaban a los que entraban y a los ganchos.

Eran todos tipos sin sentido moral, a quienes, a unos la miseria y la mala vida, a otros la inclinación a lo irregular, había desgastado y empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.

Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la repugnancia por aquel medio, y sentía oscuramente la protesta de su conciencia.


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