La lucha por la vida II: 091

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


En Madrid volvió a encontrarse apurado, y como no era de los que se ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba a Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones; ascendió pronto a sargento, cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió a España, ya sin porvenir y con un retiro ridículo.

Aquí anduvo fingiéndose agente de policía secreta, rondando por las calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del entierro, que, a pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos conocidos de la estafa; calculó el pro y el contra de cada uno de ellos, y encontró que todos tenían grandes quiebras.

Al último -concluyó diciendo el Garro-, se encontró con el Maestro, que se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos garitos; el caso es que lo tienen.

-¿Hay más de un Círculo de éstos? -preguntó Manuel.

-Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el Maestro. ¿No ha ido usted a aquella casa?

-No.

-Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete a la hija bailarina, va a abrir un salón.

-Esa Coronela, ¿es cubana? -preguntó Manuel.

-Sí.

-La conozco, y conozco también a un amigo suyo que se llama Mingote.

El policía miró con cierta reserva a Manuel.

-Puede usted decir -le dijo- que conoce usted lo peorcito de Madrid.

Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tiene una casa de citas elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote fue el que organizó aquel baile célebre. Se pagaba a duro la entrada, y al final se rifaba una señorita: la hija de la querida de Mingote.

Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y encontrarse con Vidal sintió la necesidad de hablarle del malestar que experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de humor triste, e hizo lamentables confidencias a Manuel.

Fueron a un teatro, pero no había gente; entraron en un café, y después de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran a tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.

Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero a remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les reanimó a los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas chuletas.

-Hay que olvidar -dijo después de dar estas disposiciones.

Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó Vidal.

Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba atentamente.

-No sabía la historia de Calatrava -dijo, al concluir, Vidal.

-Pues historia por historia -repuso Manuel-. Dime tú: ¿Quién es ese Maestro?

-El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?

-No.

Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía la más a propósito para comparar al Maestro.


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