La lucha por la vida II: 092

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


Bueno; pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero muchísimo más listo que él; un hombre que imita las letras, que sabe cuatro o cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo; y une a esto que es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego, ¡chiquillo!, le ves medio llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle o le ha pedido limosna una golfilla.

-¿Y cómo se llama?

-¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido a su padre y a su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando tenía diecisiete años.

-Pronto empezó.

-Sí; le prendieron sin culpa. Él era empleado de uno que había hecho una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo cuenta él mismo. Un día pare que fue el juez a tomar declaración a un preso, y estando el escribiente copiando la declaración, le dio un mal y tuvieron que llevarle a su casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al Maestro. Éste se sentó en la silla, miró los papeles y se puso a escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada a los autos y queda asombrado. No se conocía donde había empezado a escribir el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y otro eran iguales.

-¡Qué tío!

-Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera sido un estúpido, él no habría terminado mal; pero al juez lo único que se le ocurrió fue decir que aquel chico era peligroso y que había que tener con él mucho ojo. El Maestro, que vio que extremaban la vigilancia con él por el motivo de haberle hecho un favor, claro, se indignó. Luego, en el Saladero, conoció a un falsificador célebre, y entre los dos, desde la misma cárcel, le sacaron a un francés cuarenta mil duros por el registro del entierro.

-¡Qué bárbaros!

-Dieron cinco o seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban a uno: «¿Quién ha sido el que ha escrito esto?». «Yo», contestaba. Le preguntaban al otro:

«¿Quién ha sido el que ha escrito esto?». «Yo», contestaba también. No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió meterlos a cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta por la que habían venido a saber que estaban preparando un entierro: y, ¡chico!, los dos escribieron igual, con la misma letra y los mismos borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, cuando ha habido baile y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando con duques y marqueses.

-¡Rediez! -dijo Manuel, admirado-. ¿Y el compañero del Saladero vive?

-No; creo que murió en América.

-¿Ha estado allá también el Maestro?

-En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado diez o doce falsificaciones.

-¿Será rico?

-Sí, seguramente.

-¿Y qué hace con el dinero?

-Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia y que le dejaría una fortuna.

-¿Y dónde vive ese hombre?

-Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando la guitarra y besando el retrato de su hija.

-Sería curioso saber lo que hace.

-No lo hagas; a mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de un juego de bolos de los Cuatro Caminos. «Vamos a ver lo que hace este punto», me dije, y fui al otro día, y lo encontré. Estaba muy alegre, jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día siguiente, el Cojo me dijo:


La lucha por la vida II "" Mala hierba "" de Pío Baroja

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