La lucha por la vida II: 093

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-No vuelvas donde estuviste ayer si no quieres reñir conmigo para siempre.

Comprendí la advertencia y no he vuelto.

Era curiosa la vida, pura y sencilla, de aquel hombre, metido en combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba a su primo como quien oye un cuento.

-¿Y la Coronela? -le preguntó.

-Nada..., una pendona. Fue la querida de un relojero, que se hartó de ella porque era una tía ordinaria, y luego se lió con ese militar. Es una tía sucia y mala.

-Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.

-¿Mala? Es una loba y tiene furor..., ¿sabes? Hace ignominias. Antes, cuando algún señorito seguía a alguna de sus hijas, le hacía subir a su casa, y allá le decía que con sus hijas nada, pero que con ella, sí. Ahora va a los cuarteles... Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está haciendo con su hijo es todavía peor.

-¿Pues qué hace?

-Nada. Que por entretenerse, le viste de chica y le pintan, y ya no le llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.

-¡Cristo! -murmuró Manuel, dando un puñetazo en la mesa-. Eso es demasiado. Hay que denunciar eso.

-Calla, que viene gente -advirtió Vidal.

Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado.

Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el aspecto del joven decrépito.

La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño, que encuadraba su rostro y caía sobre el pecho.

En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía nerviosamente los labios.

Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las barbas hacía preguntas y más preguntas a la muchacha, y ésta contestaba con gran descoco. Manuel y Vidal se pusieron a escuchar.

-¿De veras eres partidaria del amor libre? -decía el de las barbas.

-Sí.

-¿No quisieras casarte?

-Yo, no.

-Es una mujer indiferente -interrumpió el de las patillas-; no comprende esas cosas de cariño.

-¡Bah!, no lo creo.

-Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta -murmuró el viejo con voz aguardentosa.

-¿Y tu mujer? -preguntó ella, agitándose en la silla y mirando al viejo con los ojos fríos y burlones.

La muchacha aquella daba la impresión de una avispa o de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba a decir algo, pinchaba, y quedaba ya tranquila y satisfecha por el momento.

El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió preguntando a la muchacha:

-¿Pero tú no has querido a nadie?

-Yo, no; ¿para qué?


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