La lucha por la vida II: 096

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La lucha por la vida II Tercera parte Pío Baroja


-¿Y vive todavía en la casa tu compañera? -preguntó Vidal.

-No; la traspasaron a una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.

-¿Para qué fue?

La Aragonesa se encogió de hombros.

-Es que las mujeres de la vida son como bestias -dijo Vidal-; no tienen entendimiento, ni conocen sus derechos, ni nada.

-¿Y tú? -preguntó Calatrava a la justa.

La muchacha se encogió de hombros y no despegó sus labios.

-Ésta será alguna princesa rusa-dijo con sorna la Flora.

-No -replicó la justa secamente-; soy lo que eres tú: una tía.

Concluyeron de cenar, y cada pareja se fue por su lado. Manuel acompañó a la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.

Al llegar al portal, Manuel iba a despedirse, esquivando su mirada; pero ella le dijo: «Espera». Les abrió el sereno, le dio ella diez céntimos, el vigilante le entregó una cerilla larga, después de encenderla en la linterna, y comenzaron a subir la escalera. A la luz de la cerilla, la sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la justa una puerta con un llavín, y pasaron los dos adentro, a un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo, y se sentó; Manuel hizo lo mismo. Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No comprendía para qué la justa le había hecho subir a su casa; se encontraba cohibido ante ella, y no se atrevía a preguntarle nada.

Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:

-¿Y tu padre?

-Bueno.

De pronto la justa, con una brusca transición, empezó a llorar. Debía de sentir un gran deseo de contar a Manuel su vida, y lo hizo sollozando, con palabra entrecortada.

El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la abandonó y se fue de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que marcharse al hospital. Cuando fue su padre a San Juan de Dios y la vio boca arriba, con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la iba a matar, y con voz rabiosa dijo que para él su hija había muerto. Ella se echó a llorar desconsolada; una vecina que estaba en la cama de al lado le dijo:

« ¿Por qué no te echas a la vida?». Pero ella no hacía más que llorar.

Cuando la dieron el alta fue a ver a la maestra del taller, y no la quiso recibir. Entonces, ya a la noche, salió dispuesta a todo. Estaba en la calle Mayor, cuando se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano, y le dijo: «Anda para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el Gobierno civil; subieron hasta el último piso, y pasaron por un corredor oscuro a un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó a leer una lista, y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que veinte o treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.

Allí pasé una noche desesperada -concluyó diciendo la justa-; al día siguiente me llevaron a reconocimiento y me dieron cartilla.


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